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Helada negra: cómo es el peligroso fenómeno que puede traer la ola polar que afecta al país

Se produce cuando ocurre un frío muy seco como el que viene caracterizando el tiempo de los últimos días.

Eso repercute en la sequedad de la vegetación, que se vuelve material más combustible ante eventuales incendios.

Entre las denuncias de muertes por hipotermia de personas en situación de calle y las tarifas de gas y luz domiciliarias de cinco a seis cifras, al frío polar argentino le queda poco encanto. Para terminar de aniquilar cualquier hilacha de romanticismo invernal, se suma una advertencia importante sobre las consecuencias que las llamadas heladas negras podrían traer en los próximos meses.

Hablamos de un concepto que seguramente ignore el lector urbano promedio, pero no aquellos que realmente viven en entornos naturales, mucho más acostumbrados a lidiar con temas como qué les ocurre a las plantas cuando hay heladas negras y qué cuando hay heladas blancas.

O, para ir a la pregunta de fondo, por qué un invierno tan duro como el de este año puede incrementar un problema ambiental asociado al calor, que en Argentina no viene siendo menor: los incendios, a veces naturales y muchas veces intencionales, que se desmadran en distintas partes del territorio nacional.

Para entender la relación del frío polar con el fuego hay que recuperar ese dibujito de la primaria que describía los distintos momentos del ciclo del agua. O, por lo menos, recrear en la cabeza qué pasa cada vez que la olla de los fideos hierve; es decir, cómo la humedad despedida empaña los vidrios o los azulejos fríos de la cocina y cómo después, al pasar el dedo por esa superficie empañada, la piel queda mojada.

Ese pasaje -desde el vapor de la olla hasta el agua en la yema del dedo- se llama condensación, proceso que define el camino del estado gaseoso al líquido, en el ciclo mencionado.

Bomberos trabajan para contener los incendios en octubre del año pasado, en Córdoba. Foto: EFEBomberos trabajan para contener los incendios en octubre del año pasado, en Córdoba. Foto: EFE

Un dato más, en modo “simplificación periodística”: en estado gaseoso, las moléculas de agua están separadas y se mueven desordenadamente. En estado líquido, las moléculas se juntan. Para moverse precisaban gran cantidad de energía. Para juntarse -al revés- liberar -y entonces perder- esa energía.

¿Cuándo o cómo pierden energía? Entre otras variables, cuando hay un descenso de temperatura (la temperatura, de hecho, es “la” energía de la que venimos hablando…). Que el frío tenga injerencia directa en la condensación explica que cada vez que se empañan, tanto el vidrio como los azulejos mencionados estén más fríos al tacto que la temperatura ambiente.

Volvamos entonces a la oleada polar y sus consecuencias en el futuro. Todo lo dicho hasta acá explica por qué en el mundo meteorológico y climatológico, “frío” y “frío extremo” no son la misma cosa. Mientras el primero podría cargar un poco de humedad, el segundo tiende a ser más seco. Es decir que carece de esas moléculas acuosas (rocío, dicho en criollo) llenas de energía/temperatura danzante.

Quienes recuerden cómo el fenómeno climatológico (caracterizado por su sequía) “la Niña” azotó los cultivos en 2022 sabrán que de la sequedad extrema a los incendios hay solo un paso.

La Niña, parece, volverá este año. Será luego de un invierno que, por lo que se está viendo, dejará bastante material combustible a disposición.

El frío seco fue una característica de los últimos días en todo el país. Foto: Catriel Gallucci BordoniEl frío seco fue una característica de los últimos días en todo el país. Foto: Catriel Gallucci Bordoni

Dos tipos de frío: las heladas negras y las heladas blancas

Las alertas amarillas por frío extremo que vino emitiendo en estos días el Servicio Meterológico Nacional (SMN) no solo fueron para la Patagonia sino también para provincias como Buenos Aires, Córdoba, San Luis, Santa Fe, Entre Ríos y hasta Corrientes, Salta, Catamarca, Tucumán, La Rioja, San Juan y Mendoza.

Cindy Fernández, experta del SMN, confirmó que “el aire, cuanto más frío es, más seco será. Es decir que mientras más caliente es el aire, más humedad puede tener, y mientras más frío es, menos humedad puede tener. Si en ese contexto de frío no hay nieblas ni nubosidad o evaporación desde el suelo, se forma lo que se llama helada negra”.

“La helada blanca se produce cuando el aire está muy seco, pero tiene la cantidad de humedad suficiente como para formar escarcha, que da esa sensación de manto blanco. Esa escarcha es buena porque protege las plantas: ayuda a que no mueran porque el cambio de fase del agua genera una liberación de calor, lo que mantiene casi sin cambios la temperatura de la planta, salvo que la escarcha dure muchos días, en cuyo caso moriría”, detalló.

Ahora bien, “cuando esto no ocurre, lo primero que se congela es el agua en el interior de las células de las propias plantas. Molecularmente, los cristales de hielo, al ser pinchosos, van rompiendo las células al interior de la planta. Entonces, muere la célula y, en consecuencia, la planta. Se usa la expresión ‘helada negra’ porque, al morir, la planta toma una coloración oscura”, resumió Fernández.

El fuego y la nieve, un tándem de extraños opuestos

“El aire que nos está afectando en estos días, tanto en Buenos Aires como en Córdoba, por ejemplo, viene siendo extremadamente seco”, advirtió Fernández, pensando en esas heladas negras y su relación con futuros incendios. Su mirada coincidió con la de María de los Ángeles Fischer, investigadora del Instituto “Clima y Agua” especializada en el monitoreo de focos de fuego del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA).

Aludió a dos conceptos centrales para los meses que vendrán. La “senescencia” (o envejecimiento) de la vegetación y, también, de su potencial transformación en “combustible”.

“Es cierto que un frío intenso con este tipo de heladas, blancas o negras, y según el tipo -si son visibles o no- afecta la cobertura vegetal y provoca mayor senescencia de la vegetación. Es propio del invierno. Pero con este frío intenso, la cobertura sufre más senescencia que en un invierno leve y esa muerte de la cobertura vegetal, en el futuro, hará que haya más combustible disponible para futuros incendios”, remarcó.

“Por supuesto que la ocurrencia de un incendio depende muchos factores (no solamente la cantidad de combustible), como el estado del combustible y que haya alguien que lo prenda o que estén dadas las condiciones meteorológicas que favorezcan la activación de esa fuente de ignición”, aclaró.

A la vez, “que un fuego se propague también depende de muchos factores, como las condiciones del viento o la ausencia de barreras físicas. Es el caso de la presencia de pendientes abruptas, que hacen que el fuego se propague y el foco aumente en gravedad. Hay muchos factores”, dijo.

Se trata de un escenario potencial, ya que “todavía no hay ninguna estimación de incendios a largo plazo”, resumió Fischer. Sin embargo, considerando que el propio INTA viene advirtiendo una probable transición esta primavera de “El Niño” (fenómeno asociado a lluvias) a la “La Niña”, no estaría de más hacerse la idea. En materia de incendios, la segunda mitad de 2024 y el verano 2025 podrían tener sus ribetes.

PS

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